Editorial

¿Y si todo lo que sabemos sobre innovación está obsoleto?

Durante décadas hemos construido un edificio intelectual y empresarial alrededor de la innovación como motor del progreso. Hemos celebrado la disrupción, premiado la velocidad y canonizado a los unicornios tecnológicos. Sin embargo, algo no cuadra: innovamos más que nunca, pero el planeta se degrada más rápido que nunca. Producimos más patentes, más startups, más soluciones digitales, y al mismo tiempo enfrentamos crisis climáticas, desigualdad creciente y un agotamiento sistémico de los modelos que supuestamente iban a salvarnos. La pregunta entonces no es retórica sino urgente: ¿y si el problema no es que innovamos poco, sino que innovamos mal? ¿Y si el paradigma completo de la innovación ya caducó? A lo que me refiero, es precisamente a pensar al revés, tal y como lo refiere Benjamin Coriat en el libro del mismo nombre, dado que este proceso caducó tal como lo conocemos, lo enseñamos y lo practicamos.

La innovación tal y como la conocemos (tradicional) opera bajo una lógica fundamentalmente extractiva. Extrae valor del mercado, extrae recursos del entorno, extrae talento de las personas, y mide su éxito en función de la captura: market share, retorno sobre la inversión y ventaja competitiva. Es un modelo que nació en la revolución industrial y se sofisticó en la era digital, pero que en esencia sigue respondiendo a la misma pregunta: ¿cómo genero más valor para mí? Esa pregunta ya no alcanza. No porque sea inmoral, sino porque es insuficiente. Los desafíos que enfrentamos hoy son de naturaleza regenerativa, no incremental (sanar al planeta). No necesitamos mejores productos; necesitamos mejores ecosistemas vivos. No necesitamos más disrupción que genere impactos negativos (lado oscuro de la tecnología); necesitamos más coherencia entre lo que creamos y lo que el planeta puede sostener. Aquí es donde emerge la innovabilidad como evolución necesaria: un enfoque que no descarta la innovación, sino que la trasciende, integrando capacidad innovadora con responsabilidad sostenible, visión sistémica y generación de valor compartido. La innovabilidad no pregunta solo ¿qué puedo crear? sino ¿qué debería crear, para quién, con qué impacto y a qué costo real?. Es un cambio de sistema operativo, no de aplicación.

Quizás lo más incómodo de esta reflexión es que nos obliga a desaprender. A soltar certezas que nos dieron prestigio, frameworks que nos dieron seguridad y métricas que nos dieron ilusión de control. Pero la historia del conocimiento es justamente eso: una sucesión de paradigmas que parecían eternos hasta que dejaron de funcionar. La innovación no será la excepción. Lo que sabemos sobre ella no está equivocado; simplemente ya no es suficiente. Y reconocer esa insuficiencia no es un acto de derrota, sino el primer paso hacia un modelo más inteligente, más honesto y más alineado con la realidad que enfrentamos. La innovabilidad no viene a destruir la innovación; viene a completarla. La pregunta es si estamos dispuestos a evolucionar con ella.

Mario Benedetti: Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas.

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